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"Nada podemos esperar sino de nosotros mismos"   SURda

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24-10-2012

 

 

 


 

 

 



Como se convirtieron EE.UU. y Pakistán en la familia nuclear disfuncional de las relaciones internacionales

La alianza del infierno

SURda

 

Internacionales/EE.UU

 

 

 

Dilip Hiro





Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens


EE.UU. y Pakistán son actualmente un ejemplo clásico de una familia nuclear disfuncional (con énfasis en “nuclear”). Mientras los dos gobiernos y sus pueblos se hacen más sospechosos y rencorosos mutuamente cada mes que pasa, Washington e Islamabad siguen bloqueados en un embarazoso abrazo posterior al 11-S que, en esta situación, ninguno de los dos puede romper.

Washington mantiene a flote a Pakistán, con su economía en colapso y sus infladas fuerzas armadas, pero éste también depende de manera agobiante de sus dádivas y de préstamos del Fondo Monetario Internacional aprobados por EE.UU. Mientras tanto, los drones de la CIA atacan unilateralmente sus áreas tribales fronterizas. Islamabad devuelve el favor. Tiene a Washington como rehén respecto a su guerra afgana de la cual el Pentágono no podrá salir de manera ordenada sin su ayuda. Al bloquear las rutas de suministro hacia Afganistán a EE.UU. y la OTAN (después de un ataque estadounidense a través de la frontera que mató a 24 soldados paquistaníes) desde noviembre de 2011 hasta julio pasado, Islamabad logró aumentar el coste de la guerra mientras subrayaba su indispensabilidad al gobierno de Obama.

En el corazón de esta acerba relación, sin embargo, está el arsenal de 110 bombas nucleares de Pakistán que, si el país se desintegrara, podría caer en manos de militantes islamistas, posiblemente del interior de su propio establishment de la seguridad. Como Barack Obama comunicó en secreto a sus asistentes, esta sigue siendo su peor pesadilla de política exterior, a pesar de la decisión del ejército de EE.UU. de entrenar a una unidad de comandos para recuperar las bombas nucleares de Pakistán, en caso que los extremistas se apoderaran de algunas de ellas o de materiales para producir ellos mismos una “bomba sucia”.

Dos públicos, opiniones divergentes

El alto comando militar de Pakistán teme los planes de contingencia del Pentágono de apoderarse de sus bombas nucleares. Después del ataque clandestino de los SEAL estadounidenses que asesinaron a Osama bin Laden en Abbottabad en mayo de 2011, cargó elementos de su arsenal nuclear en camiones, que circularon por el país para frustrar cualquier posible intento de hacerse con sus posesiones más valiosas. Cuando el senador John Kerry llegó a Islamabad para calmar los nervios después del asesinato de bin Laden, altos funcionarios paquistaníes insistieron en una promesa escrita de EE.UU. de no atacar sorpresivamente su arsenal nuclear. Él rechazó la demanda.

Desde entonces la desconfianza mutua entre los dos aliados nominales –una relación encapsulada por algunos en el término “AmPak”– solo se ha intensificado. El mes pasado, por ejemplo, Pakistán se convirtió en el único país musulmán que llamó oficialmente al gobierno de Obama a que prohibiera el videoclip antiislámico de 14 minutos  La inocencia de los musulmanes , que presenta al Profeta Muhammad como mujeriego, un fraude religioso y pedófilo.

Mientras ofrecía una recompensa de 100.000 dólares por el asesinato de Nakoula Basseley Nakoula, el productor cristiano egipcio-estadounidense de la película, el ministro de Ferrocarriles de Pakistán Ghulam Ahmad Bilour llamó a al Qaida y a los talibanes paquistaníes a “unirse a esta noble acción”. El primer ministro Raja Ashraf distanció a su gobierno de la incitación al asesinato de Bilour, una ofensa criminal según la ley paquistaní, pero no lo echó de su gabinete. El Departamento de Estado de EE.UU. condenó enérgicamente la acción de Bilour.

Pakistán también se destacó como el único Estado musulmán cuyo gobierno declaró un día festivo público: “Día del amor al Profeta Muhammad”, para alentar a su pueblo a manifestarse contra la película ofensiva. La estrategia de la embajada de EE.UU. de desarmar la crítica con anuncios en la televisión y en periódicos mostrando al presidente Obama y a la secretaria de Estado Hillary Clinton condenando “el contenido y el mensaje” del filme no desalentaron a los manifestantes. De hecho, las protestas en las principales ciudades paquistaníes se volvieron tan violentas que murieron 23 manifestantes, la mayor cantidad en todo el mundo.

Aprovechando la posición del gobierno, las organizaciones yihadistas prohibidas hicieron una desafiante demostración de la continuación de su existencia. En Lahore, capital de Punjab, la mayor provincia del país, los activistas del prohibido Lashkar-e Taiba (Ejército de los Puros), cuyo líder Hafiz Saeed es objeto de una recompensa de 10 millones de dólares de Washington, movilizó a los manifestantes hacia el consulado estadounidense cuyo perímetro defensivo se había violado anteriormente en la misma semana. En Islamabad, los activistas de Sipah-e-Sahaba (Soldados de los Compañeros del Profeta), una facción suní ilegal, chocaron durante horas con la policía durante una marcha hacia el enclave diplomático fuertemente protegido.

Estas organizaciones ilegales siguen operando impunemente en un entorno que se ha vuelto rabiosamente antiestadounidense. Un estudio de junio de 2012 del Pew Research Center (PRC), basado en Washington, estableció que un 74% de los paquistaníes consideran que EE.UU. es un enemigo. Al contrario, solo un 12% cree que la ayuda de EE.UU. colabora para solucionar los problemas del país. Un 89% describe como “mala” la situación económica de su nación.

La opiniñon del público estadounidense sobre Pakistán también es poco prometedora. Unos sondeos realizados en febrero por Gallup y Fox News indicaron que el 81% de los estadounidenses tiene una opinión desfavorable de ese país; solo un 15% piensa lo contrario, la cifra más baja del período posterior al 11-S (y solo los restantes Estados del “eje del mal”, Irán y Corea del Norte, obtienen peores resultados).

Opiniones conflictivas sobre la Guerra contra el Terror

La mayoría de los estadounidenses considera que Pakistán es un aliado especialmente poco fiable en la guerra contra el terror de Washington. El que haya otorgado refugio a bin Laden durante 10 años antes de su muerte violenta en 2011 reforzó esa percepción. Se considera ampliamente que el sucesor de bin Laden, Ayman Zawahiri, se oculta en Pakistán. Lo mismo se aplica a Mullah Muhammad Omar y otros dirigentes de los talibanes afganos.

Parece increíble que todos esos enemigos de Washington puedan seguir funcionando en el país sin conocimiento de su poderosa dirección de la Inteligencia Inter-Servicios (ISI) que supuestamente tiene cerca de 100.000 empleados e informantes. Incluso si los oficiales en servicio del ISI no están coludidos con los talibanes afganos, es obvio que numerosos oficiales retirados del ISI sí lo están.

La justificación de esto, dicen en privado los altos funcionarios paquistaníes, es que los talibanes afganos y sus aliados, la Red Haqqani, no atacan objetivos en Pakistán y no plantean ninguna amenaza para el Estado. En la práctica, esas entidades políticas-militares están apoyadas por Islamabad como futuros sustitutos en el Afganistán postestadounidense. Su tarea es asegurar un gobierno pro Islamabad en Kabul, inmune a las ofertas de ayuda económica a gran escala de India, la superpotencia regional. En resumidas cuentas todo se reduce a que Washington e Islamabad persiguen objetivos conflictivos en el Afganistán devastado por la guerra y también en Pakistán.

La posición multifacética del gobierno paquistaní hacia Washington cuenta con amplio apoyo público. La hostilidad popular hacia EE.UU. proviene de varios factores interrelacionados. Sobre todo, la mayoría de los paquistaníes ven la guerra contra el terror desde una perspectiva radicalmente diferente a la de los estadounidenses. Ya que sus primordiales objetivos han sido los países predominantemente musulmanes de Afganistán e Irak, la consideran equivalente a una cruzada estadounidense contra el Islam.

Mientras los expertos y políticos estadounidenses citan invariablemente los 24.000 millones de dólares de ayuda económica y militar que Washington ha dado a Islamabad en el período posterior al 11-S, los paquistaníes subrayan el alto precio que han pagado por participar en la guerra dirigida por EE.UU. “Ningún país y ningún pueblo han sufrido más en la épica lucha contra el terrorismo que Pakistán”, dijo el presidente Asif Ali Zardari en la Asamblea General de las Naciones Unidas el mes pasado.

Su gobierno argumenta que, como resultado de su participación en la guerra contra el terror, Pakistán ha sufrido una pérdida de 68.000 millones de dólares durante la última década. Esta estadística, ampliamente diseminada en el interior del país, incluye un cálculo de pérdidas debidas a una disminución de las inversiones extranjeras y efectos adversos en el comercio, el turismo y los negocios. Islamabad atribuye todo esto a la inseguridad causada por los actos terroristas de los yihadistas locales como reacción por su participación en la guerra de Washington. Además hubo unos 4.000 militares muertos en operaciones posteriores al 11-S contra grupos terroristas y sus militantes nacionales, significativamente más que todos los soldados aliados muertos en Afganistán. También han muerto o sufrido heridas unos 35.000 civiles por ese motivo.

Los drones avivan la cólera popular

En un discurso en septiembre en la Asia Society de Nueva York, la ministra de Exteriores paquistaní Hinna Rabbani Khar tuvo que dar una explicación por el reciente sentimiento antiestadounidense de su país. Respondió con una sola palabra: “drones”. En un momento dado los drones de la CIA, zumbando como avispas y armados de misiles Hellfire, vuelan en círculos las veinticuatro horas del día sobre un área en la zona tribal de Pakistán y sus cámaras de alta resolución registran todo movimiento en tierra. Eso produce un terror permanente en la gente del lugar, ya que no puede adivinar cuándo y dónde dispararán los misiles.

Un estudio realizado en junio por Pew Research Center muestra que el 97% de los paquistaníes familiarizados con los ataques de drones reaccionan con una posición negativa. “Los que están familiarizados con la campaña de drones también creen en su abrumadora mayoría (94%) que los ataques matan a mucha gente inocente”, señala el informe. “Casi tres cuartos (74%) dicen que no son necesarios para defender a Pakistán de las organizaciones extremistas”. (En marcado contraste, un sondeo en febrero de Washington Post-ABC News estableció que un 83% de los estadounidenses –y 73% de los demócratas liberales– apoyan los ataques con drones de Obama).

Una reciente “marcha” antidrones de una caravana de coches de 15 kilómetros desde Islamabad a la frontera de la agencia tribal de Waziristán del Sur fue dirigida por Imran Khan, jefe del partido político Movimiento por la Justicia. Con participación de manifestantes de EE.UU. y Gran Bretaña, fue un dramático recuerdo de la profundidad del sentimiento popular contra los drones. Al abstenerse de entrar por la fuerza en Waziristán del Sur desafiando una prohibición oficial, Khan se mantuvo dentro de la ley. Al hacerlo, realzó su ya impresionante tasa de aprobación del 70% y mejoró las posibilidades de su partido –comprometido a terminar con la participación de Islamabad en la guerra contra el terror de Washington– de progresar en la próxima elección parlamentaria.

A diferencia de Yemen, donde el gobierno ha autorizado al gobierno de Obama a realizar ataques con drones, los dirigentes paquistaníes, que aceptaron implícitamente tales ataques antes de la brutal violación de la soberanía de su país por el Pentágono en el asesinato de bin Laden, ya no lo hacen. “El uso de ataques unilaterales en territorio de Pakistán es ilegal”, dijo la ministra de Exteriores Khar. Su gobierno, explicó, necesita ganar respaldo popular para su campaña para aplastar a grupos militantes armados y los drones lo imposibilitan. “Mientras los drones vuelan sobre el territorio de Pakistán, se convierte en una guerra estadounidense y toda la lógica de que sea nuestra lucha, en nuestro propio interés, se abandona automáticamente y de nuevo es una guerra que nos imponen”.

Detrás del uso de un drone, helicóptero, o caza para atacar un objetivo en un país extranjero hay una versión actualizada de la doctrina de la “persecución implacable”, que ignora el concepto básico de la soberanía nacional. Los dirigentes paquistaníes temen que si no protestan por el incesante uso de drones por parte de Washington para “asesinatos selectivos” de individuos residentes en Pakistán seleccionados por la Casa Blanca, su archirrival India haga lo mismo. Atacará los campos de Pakistán donde supuestamente entrenan a terroristas para desestabilizar Cachemira. Es una de las actuales pesadillas de los altos generales de Pakistán.

El enigma nuclear

Ya que India sería el objetivo preferido de cualesquiera extremistas con armas nucleares, el gobierno indio teme la posibilidad de que las bombas nucleares de Pakistán caigan en tales manos mucho más que el presidente Obama. La alarma de Delhi y Washington está muy justificada, particularmente porque el arsenal de Pakistán crece más rápido que cualquier otro del mundo y las últimas versiones de artefactos nucleares que está produciendo son más pequeños y por lo tanto más fáciles de robar.

Durante los últimos cinco años los extremistas paquistaníes han perpetrado una serie de ataques a instalaciones militares importantes, incluidas instalaciones nucleares. En noviembre de 2007, por ejemplo, atacaron la base aérea Sargodha donde están estacionados aviones jet F-16 con capacidad nuclear. Al mes siguiente un atacante suicida atacó una base de la Fuerza Aérea paquistaní en Kamra, a 60 kilómetros al noroeste de Islamabad, en la que se cree que hay armas nucleares. En agosto de 2008 un grupo de atacantes suicidas hizo volar las puertas de un complejo de armamento en el acantonamiento Wah que contiene una planta de ensamblaje de ojivas nucleares, causando 63 muertos. Otro asalto a Kamra tuvo lugar en octubre de 2009 y otro más en agosto pasado, esta vez por ocho atacantes suicidas de los talibanes paquistaníes.

En vista de la dependencia de Pakistán del continuo suministro de armamento avanzado hecho en EE.UU. –esencial para resistir cualquier ataque de India en una guerra convencional– su gobierno ha tenido que tranquilizar continuamente a Washington diciendo que la seguridad de su arsenal nuclear está garantizada. Sus dirigentes han asegurado repetidamente a sus homólogos estadounidenses que los contenedores de combustible nuclear y los detonadores para activar las armas están almacenados por separado y custodiados por una guardia segura. Esto no ha logrado calmar las ansiedades de sucesivos presidentes de EE.UU. Lo que desconcierta a EE.UU. es que, a pesar de contribuir con cientos de millones de dólares a los programas para que Pakistán asegure sus armas nucleares, no sepa cuántas de esas armas hay en los almacenes.

Esto no va a cambiar. Los planificadores militares de Islamabad conjeturan correctamente que Delhi y Washington querrían convertir a Pakistán en una potencia no nuclear. Actualmente ven su arsenal nuclear como el único elemento efectivo de disuación que tienen frente a una agresión india como la que, desde su punto de vista, sufrieron en 1965. “Desarrollamos todas estas bombas nucleares para usarlas contra India”, dijo un alto oficial militar paquistaní anónimo citado recientemente en el londinense Sunday Times Magazine . “Ahora resulta que son muy útiles para afrontar a EE.UU.”

En conclusión, el alto mando militar de Pakistán ha llegado a ver su arsenal nuclear como un elemento disuasorio efectivo no solo contra su adversario tradicional, India, sino también contra su aliado nominal, Washington. Si un modo de pensar semejante se concretiza en la doctrina militar del país en los años después de la retirada del Pentágono de Afganistán, es posible que Pakistán acabe viéndose eliminado por Washington de su lista de aliados de fuera de la OTAN, terminando la familia nuclear disfuncional de la política internacional. Es difícil predecir lo que eso significaría en términos globales.

Dilip Hiro, colaborador regular de TomDispatch, es autor de 33 libros. El más reciente es A pocalyptic Realm: Jihadists in South Asia (Yale University Press, New Haven and London).

Copyright 2012 Dilip Hiro

Fuente: http://www.tomdispatch.com/blog/175606/


 
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